NUESTROS LUGARES

Hace unos días sucedió algo que me hizo reflexionar, algo trivial, casi ridículo, pero que para mí tuvo importancia. Llegué a mi puesto de trabajo y delante de mi escritorio no había silla, así que tuve que pedir una prestada. Esta, en apariencia, mínima molestia me recordó algo que mis consultantes me han planteado en muchas ocasiones. Una frase, un sentimiento: “no encuentro mi lugar”.

Imaginemos un momento. Si la falta de una silla puede generar incomodidad al alterar el espacio físico de trabajo, ¿Cómo no nos va a hacer sentir malestar el cambiar las condiciones de nuestro entorno, ya sea cambiando de ciudad, de amistades o de país? La extrañeza e incomodidad generadas por una situación así pueden llegar a ser muy fuertes. Básicamente porque reflejan algo quizás no tan evidente como es el dejar de dominar, comprender y manejar los códigos de conducta. Es decir, cómo se hacen y dicen las cosas. En esencia, dejar de compartir con los que nos rodean la definción del mundo.

A efectos prácticos, como si nos hubiéramos ido a Marte.

Ahora, ante tal situación podemos reaccionar de una forma que suele verse como lógica: frustrarnos porque las cosas ya no son como antes, porque no sabemos hacer las cosas en el nuevo entorno, enfadarnos, culpar al entorno de ser malvado, negativo e incluso, ya que estamos, inferior. Porque, obviamente, lo hacen todo mal, no como “se debería” hacer o como es “normal”. Para aumentar el efecto de todas estas reacciones podemos citar algunas recetas infalibles: nos reuniremos con gente que opine igual que nosotros, y cultivaremos un justo rencor hace el nuevo lugar a base de quejarnos y añorar. De hecho, es importante que mantengamos una extrema añoranza por las grandes bondades indiscutibles de nuestro lugar de origen (del que, por cierto, es posible que despotricáramos sin parar cuando estábamos allí).

Lo que se suele hacer menos es otra opción, la de tratar de sentirnos mejor, adaptarnos para minimizar el lógico “estar fuera de lugar”. Por ejemplo, si nos fijamos en el ejemplo del inicio de este post, vemos como un sitio físico puede generar una emoción desagradable. De la misma forma, puedo tener lugares que me hagan sentir bien. Así, es importante saber que podemos generar y buscar lugares que fomenten el sentirnos cómodos, más “en nuestro lugar”. También podemos buscar personas con las que nos sintamos cómodos, aceptados.

Cierto, es un proceso lento. E incluso puede que complicado. Pero nadie nos pide adaptarnos el primer día (salvo, quizás, nosotros mismos). Una cuestión de gran importancia es saber que no saldrá a la primera, ni a la segunda, pero que si nos damos tiempo, si nos tenemos paciencia a nosotros mismos, y buscamos esos lugares y personas agradables, podremos ir construyendo “nuestro lugar” allá donde estemos.

Víctor Paredes