EL RUIDO Y LA FURIA

Para lo que en esta ocasión me gustaría hablar me vas a permitir que utilice el título de la gran novela de William Faulkner. Porque la vida suele tener muchos momentos de “ruido”, en el sentido de cosas que nos desorientan, nos molestan, y de furia, enfado, malestar.

El ruido. Es algo que viene de fuera, algo que “nos hacen”, sobre lo cual no tenemos mucho control. Lo recibimos. En este sentido, sería la vida en sí. Una lucha continua, molesta, agotadora, con pocos momentos de descanso. Déjame decirte que, en gran parte, es así.

De este “ruido”, los sinsabores de la vida, no nos escapamos ninguno. No me estoy refiriendo a “he tenido mala suerte”, “las cosas no salen como me gustaría” y demás. No, me refiero a cosas por las que hemos pasado todos y todas: desengaños, desamores, fallecimientos… o, en otro orden de cosas, malas experiencias en trámites, en proyectos, etc.

Estas son las cosas que nos puede sumir en la tristeza, en la ansiedad, en la desesperación y la depresión incluso. Son respuestas que, en determinados niveles, son normales y sanas. Estar siempre bien es lo enfermo. Ahora, todo esto duele. Y mucho. Pero sólo queda capear el temporal, dar tiempo a tu propia recuperación (incluso desoyendo a tus seres cercanos pidiendote que “te animes”) y seguir haciéndote cargo de tu propia vida.

El ruido nos hace ver las espinas, mientras nos oculta la rosa. Y hay que dejarla florecer para volverla a ver. Cada flor necesita su tiempo. No todos nos recuperamos al mismo ritmo ni de la misma manera.

La furia. Tiene que ver con lo que sale mal y nos vemos responsables del resultado. Sea cierto o no que lo somos. No genera necesariamente furia en su inicio, pero sí enfado, resentimiento, autorecriminaciones y un descenso de la autoimagen. Me veo peor cada vez si no me perdono, o si no me olvido de mis fallos. Es otra manera de ver las espinas y no la rosa. Aquí también nos agarramos a las espinas, y apretamos.

Déjame que te diga una cosa, querido lector. Si esto te ha pasado, sabes lo que duele el creerse tan poco capaz, tan responsable de todo. Incluso puede uno llegar a pensar que no merece que le quieran por no hacerlo todo bien. Y para hacernos sentir que esta creencia no es tan acertada te propongo un pequeño ejercicio:

Trata de recordar una situación en la que te sentiste apoyado, atendido o querido. Date tu tiempo, no hay prisa…

Ahora, si has conseguido acordarte de una situación así y has sonreído o has tenido algún tipo de emoción agradable, tengo una noticia para ti. Como es imposible que no hayas cometido nunca ningún error, ¿es posible que la persona de tu recuerdo te tenga afecto a pesar de ello? Es posible ¿no?. Y si esto es posible, ¿es posible que la gente te pueda querer a pesar de ser imperfecto? Merece la pena comprobarlo, por ejemplo, realizando pequeños errores u olvidos a propósito para poder observar qué pasa con las personas que tienes cerca, como reaccionan. No tienes mucho que perder, quizás, con suerte, librarte un poco de la furia.

El objetivo de una vida equilibrada, adecuada, buena o como quieras decirlo es el poder entender que pasaremos por muchos momentos dolorosos, problemáticos, agobiantes o injustos, pero que, aún así, también hay personas que nos pueden ayudar y en las que nos podemos “refugiar”, a la vez que demandamos nuestro propio espacio, nuestro tiempo para pasarlo mal y recuperarnos. No hay recetas, sólo formas propias de encontrar un camino que seguir y la capacidad de escoger los compañeros en esa senda.

Víctor Paredes